Minas Tirith: Ciudad de Reyes
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domingo, 20 de marzo de 2011

El terror escénico de Ce'Nedra

El ajetreo de estos días me ha impedido dedicarle el tiempo necesario al blog, pero temo que esa será la tónica en estos meses: no la abandonaré nunca, pero mis visitas serán más espaciadas, entre evaluaciones, oposiciones y todo lo demás. Con todo vuelvo a estar aquí, y quería empezar con un agradecimiento a mi amigo Kaji. Me está ayudando con el aspecto visual del blog, que hasta ahora parecía diseñado por un daltónico adicto al neón, y le agradezco su virtuosismo con el Photoshop. Los amigos estudiantes de Arte son más útiles que nunca estos días: mersis, cumpany.

Para el post de hoy, me referiré a un libro de David Eddings, el cuarto volumen de una saga que ya hemos visitado antes, las Crónicas de Belgarath: se titula El castillo de la magia, y una reciente situación en clase me lo trajo a la memoria.

Veréis, estos días estamos practicando en las distintas clases la expresión oral, ese difícil ejercicio de hablar bien en público que tantos disgustos os trae a veces y que tanto odio concentra en mi persona. Pese a su impopularidad, debemos insistir: la competencia para hablar bien en público, con una correcta cadencia, dominio del discurso y de la expresión corporal, gestual y facil es imprescindible en estos días de continua interacción social. Será imposible sortear las muchas situaciones en que se os exigirá desenvolveros bien en voz alta y ante un auditorio, incluso en lenguas que no son la vuestra propia. Así que aparquemos timidez y complejos e insistamos en esas prácticas, en todas las áreas.

Estas clases, y en concreto las quejas de algunas de vuestras compañeras sobre lo de tener que “exponer en público”, “con todo el mundo mirando” me recordó a un episodio de El castillo de la magia.

En el libro de Eddings, la princesa Ce'Nedra, una de las protagonistas de la saga, se encuentra a la cabeza de un incipiente ejército y se propone levantar en armas a todo el Oeste para enfrentarse juntos a los angaraks. Sin embargo, se da cuenta que para tal fin va a tener que hablar a la gente, convencerlos, apasionarlos: en suma, va a tener que darles un discurso. Y tal perspectiva la aterroriza. Los que hayáis leído la obra de Eddings – iniciada con la Senda de la Profecía, de la que ya hablamos en otro post – sabréis que Ce'Nedra, la joya de la casa de los Borune y muy malcriada hija única del Emperador de Tolnedra, es, entre otras muchas cosas, una joven de 16 años. Y con la timidez propia de esa edad y la aversión que os parece inspirar a todas la oratoria, ved como reacciona la princesa cuando descubre horrorizada que se espera de ella que dé un discurso ante las tropas de Arendia:


No se me da muy bien hablar en público, Polgara —confesó Ce'Nedra con la boca seca—. Las multitudes me asustan y se me traba la lengua.

Lo superarás, cariño —le aseguró Polgara y miró a la princesa con expresión divertida—. Tú querías dirigir el ejército, ¿recuerdas? ¿Acaso creíste que todo lo que tendrías que hacer era ponerte la armadura, montar un caballo y gritar «seguidme» para que todo el mundo lo hiciera?

Bien...

¿En todos los años que has estado estudiando historia no has descubierto la característica común de todos los grandes líderes? No debías de estar muy atenta, Ce'Nedra. —Ce'Nedra la miró con una creciente expresión de horror—. No resulta tan difícil arengar a un ejército, cariño. No es preciso ser brillante ni ser un guerrero; ni siquiera es necesario que tu causa sea justa o noble. Todo lo que tienes que hacer es ser elocuente.

(David EDDINGS, El castillo de la magia, capítulo 25)


Ce'Nedra está al borde del colapso nervioso ante la perspectiva (“creo que voy a vomitar”, le dice a Polgara, a lo que la sabia hechicera repone: “ Tal vez más tarde, Ce'Nedra. Ahora no tienes tiempo”), pero logra sobreponerse por la grosera intervención de un borracho – la furia hace que olvide su timidez – y por las ganas que tiene de que la empresa salga bien para poder salvar así a Garion y, de paso, el Oeste entero. Tras concluir con gran éxito su discurso, recibe las felicitaciones de los reyes alorn y de todos los arendianos reunidos. Ce'Nedra respira aliviada y solo parece confortarse y abandonar la tensión cuando ha acabado el discurso: exactamente igual que vosotros y vosotras, rígidos y temblorosos, e invariablemente sonrientes cuando por fin acabáis y podéis refugiaros de nuevo en la seguridad de la mesa y la silla. Perded el miedo a hablar en público: a mí se me daba igual de mal que a vosotros a vuestra edad, y como podéis ver, la práctica ha mejorado significativamente mi soltura para hablar en público. Vosotros también podréis.

Los consejos que se le podrían aplicar a Ce'Nedra son los mismos que os doy a vosotros. Calma, control de la respiración, comodidad con vuestra propia presencia. Evitad buscar el refugio de la pizarra en vuestras espaldas (expresión de terror), y sin miedo, en pie ante vuestro auditorio. La voz debe ser modulada, clara y con un volumen suficiente para haceros oír, sin caer tampoco en el griterío. En cuanto al discurso, Polgara le pide “elocuencia” a Ce'Nedra: la efectividad para persuadir. No quiere florituras retóricas, ni “paja” sin sentido: el discurso debe ser argumentado, bien construido, y defendido con pasión y convicción, para así lograr la persuasión que buscamos.

La alegría de Ce'Nedra por haber acabado ya el difícil “tràngol” de su discurso, sin embargo, es mucho más efímera que la vuestra. Casi sin recuperarse de la conmoción de su primera alocución, Polgara la anima para que repita el tono y mejore ciertos gestos y posturas “la próxima vez”. Me imagino a la pobre tolnedrana perdiendo de repente el color de su cara y preguntando con los ojos muy abiertos:



- ¿La próxima vez?

Por supuesto. ¿Acaso has pensado que bastaría con un discurso ante una pequeña audiencia? Realmente, Ce'Nedra, debes aprender a prestar más atención. Durante los próximos meses, tendrás que hablar en público por lo menos una vez al día.

¡No puedo! —gimió la princesa, con los ojos llenos de horror.

Claro que puedes, Ce'Nedra. Tu voz se oirá en todo el mundo, tus palabras serán como fuego en la hierba seca y las multitudes del Oeste se levantarán para seguir tu estandarte.

(David EDDINGS, El castillo de la magia, capítulo 26).



Y sí, lo logrará. Sus discursos llenarán de fervor a sus auditorios y congregará multitudes ante sus banderas para luchar contra los angaraks. Superará el miedo escénico de tener que hablar delante de nada menos que la Caballería Mimbrana, impecablemente formada ante los legendarios muros de Vo Mimbre; e impondrá su nueva estatura de Reina de Riva ante sus compatriotas de las Legiones de Tolnedra. Finalmente congregará el ejército más grande levantado en armas en el Oeste desde la batalla de Vo Mimbre, quinientos años atrás. Y hará todo eso mediante la palabra, hablando en público, a pesar de que la Oratoria – tal y como la definió nuestro buen Aristóteles – la aterrorizaba con toda la fuerza de sus 16 años de jovencita tolnedrana. Tomadla como ejemplo y no dejéis de visitar este gran libro de fantasía épica. Un abrazo, hasta la próxima.

domingo, 27 de junio de 2010

Historia(s) de la(s) Lengua(s)

Los días de 3º de ESO en los que tenemos que ocuparnos del tema que hoy nos ocupa suelen convertirse en sesiones de tortura para vosotros: pocos conceptos se me ocurren ahora que susciten tan unánime rechazo en mi asignatura como Historia de la lengua española; algunos de vosotros detestáis la ortografía, ignoráis la acentuación, maldecís la sintaxis y os enfurruñáis ante cualquier mención al hecho literario, pero todos y cada uno de vosotros parecéis poneros de acuerdo para odiar con todas vuestras fuerzas esas ocho páginas del sexto tema de 3º de ESO.

Si te sientes muy identificado con esta introducción, entenderé que el post se te hará probablemente insufrible y entenderé que dejes de leerlo en este instante. Si sigues adelante, quiero creer que, como todos – incluido yo en su momento, por supuesto – consideras este tema árido y poco estimulante, pero que te propones entenderlo lo mejor posible, fiándote de la palabra de tus educadores – es decir, de la mía en este instante – sobre la importancia de la cuestión y la idoneidad de dedicarle un esfuerzo a su asimilación.

Aquellos que me habéis sufrido en clase sabéis cuánto insisto en que las lenguas están vivas. Suelo añadir después que esto solo afecta a las lenguas vivas, y suelo ganarme una galería de cejas levantadas y miradas fulminantes. Diferenciemos, aún así, lenguas muertas como el latín clásico, que no cambiarán y permanecerán estáticas e inmutables mientras no sean empleadas por una comunidad viva.

El español es una lengua viva, y su comunidad de hablantes es de las más numerosas del mundo. Está sometida a la enorme presión del mundo moderno, cuyos vertiginosos cambios apenas pueden ser reflejados en el lexicón; tiene una inmensa variedad dialectal debido a los numerosos y alejadísimos países donde se habla; convive, además, con otras muchas realidades lingüísticas, en muy distintas situaciones, siendo acusada de opresora en muchas ocasiones – el nacionalismo gallego denuncia desde hace mucho la agresividad del castellano, rozando la creación de una situación de diglosia; los indígenas bolivianos y peruanos aymarohablantes consideran que la presión del español ha abocado a la lengua de sus ancestros a la extinción – y teniendo que defenderse en otras ante los ataques de otras lenguas preponderantes, especialmente el inglés en el contexto norteamericano.

En esta primera introducción que vemos en 3º, hablamos sobre los cambios que sufre el latín hablado en la Península Ibérica desde su romanización en los tiempos de Escipión el Africano y la Segunda Guerra Púnica. Contemplamos como los cambios que modifican una lengua son paulatinos y muy lentos, y solo se aprecian con el transcurso de las generaciones y la visión panorámica que nos ofrece la distancia histórica. Las primeras transformaciones que vemos son las de tipo fonético, e introducimos algunas leyes iniciales que afectan a los sonidos producidos por los habitantes de la Hispania postimperial y que acaban dando pie a la nueva lengua romance, el castellano – pues en el Reino de Castilla, hegemónico en la reconquista peninsular, tiene su origen -:


  • la conversión de los grupos PL-, FL-, KL- a LL- (pluviam a lluvia, flama a llama, clavem a llave)

  • la aspiración de la F- inicial átona y su posterior señalización con una Hache inicial: filius a hijo.

  • La caída de la -m final del caso acusativo: senatum a senado, equinum a equino.

  • La sonorización (pasar de sordas a sonoras) de las oclusivas (recordad la mnemotecnia: la BoDeGa son las sonoras y la PeTaKa son las sordas): [p] a [b], apiculam a abeja, o lupum a lobo, [t] a [d], vitam a vida, [k] a [g], aquam a agua.


En esta lección, además de la correcta utilización de los corchetes para escribir el lenguaje fonética, también insisto, y con qué pesadez, en la estrecha relación entre los sucesos históricos y la evolución de la lengua. Es tan intrincada esa relación que nos permiten estudiar las primeras etapas de esa evolución con etapas significativas de la Historia de España que ya os están introduciendo en la asignatura de Ciencias Sociales.

Así, desde la desmembración del Imperio Romano – a finales del siglo V d.C. todavía se habla latín vulgar en Hispania –, observamos la influencia que tendrán los germanismos en los tres siglos siguientes. ¿Por qué? Porque germánicos eran los bárbaros - ¿os expliqué el origen de este término? Bar bar significaba balbucear en griego, y estos orgullosos helénicos designaban así a todo aquel que no hablaba su lengua, el griego, y por tanto, no era culto o civilizado; en realidad, no era más que una designación despectiva para “extranjero” engendrada en la autocomplacencia – que invadieron la península después de la caída de Roma: los visigodos. Aunque adoptaron la lengua de sus conquistados – más culta y refinada, pese a ser la lengua de un imperio en ruinas humeantes -, incorporaron giros, estructuras gramaticales y, por supuesto, palabras.

El proceso se repitió con el árabe tras la invasión omeya de la península y el establecimiento de la provincia de Al-Andalus, luego califato y punta de lanza del poder musulmán medieval. Los hablantes de aquel antiguo latín vulgar no cambiaron su lengua, no adoptaron el árabe de sus conquistadores, pero añadieron palabras y estructuras especialmente visibles en el dialecto sefardí. Tras la Reconquista y progresiva expulsión de los árabes, se consolidó poco a poco el poder del Reino de Castilla y con ello, el prestigio de su lengua. El latín clásico, escrito, que no había experimentado cambio alguno en los siglos pasados, ya no era entendido por los legos, aquellos que no eran clérigos – la minoría letrada, alfabetizada, se reducía al clero, los sacerdotes cristianos y a una ínfima minoría de la nobleza. ¿Cuál es el problema que surge? Los sacerdotes escribían en latín pero no podían hacerse entender al pueblo: algún monje, con buen sentido pragmático, tradujo unas líneas confusas de un texto religioso en los márgenes, anotándolos en el dialecto - ¿ya lengua? - que se hablaba en la calle cotidianamente. Y con ello entró en esta Historia, pues suyas son las Glosas Silenses, la primera muestra escrita en castellano que hemos podido conservar.

La Historia Medieval no suele ser un tema que os interese lo más mínimo, por lo que entiendo vuestras dificultades para seguir una lección como ésta. No podemos hacer otra cosa que simplificar las cosas al máximo, esbozar lo más importante de cada época y recordar solo ese detalle definitorio, colocándolo en su correcta cronología. Intentaremos hacerlo de la forma menos traumática posible y que me perdonen los puristas – si alguno de ellos llegara, Dios no lo quiera, a leer esto – la festiva clasificación:

  • Balbuceando. El origen de una lengua siempre es hablar mal otra, su antecesora. Los habitantes de la península Ibérica empiezan a hablar mal el latín en estos siglos; las influencias que reciben se deben a los distintos pueblos que conquistan su territorio: los visigodos (germanismos, desde el siglo V) y los árabes (arabismos desde el siglo VIII).

  • No sé que hablo. Los habitantes de Hispania ya hablan tan mal el antiguo latín, que han dejado de entender el latín clásico que conservan por escrito. Primeras traducciones del latín al nuevo ¿idioma?: Glosas Silenses en el siglo XI.

  • Infancia del castellano. Recién nacida, aún pequeña y con cierto caos y anarquismo en su devenir, primeras muestras del castellano. Conciencia de que lo que hablamos ya no es latín y es una lengua nueva: tomará el nombre de su reino, el castellano, y el más letrado de sus reyes, Alfonso X el Sabio, le dará el impulso definitivo. (escritorio alfonsí en el siglo XIII). Además, algunos de los que aspiran a hacer literatura – crear belleza mediante la palabra – eligen por primera vez la nueva lengua: el Cantar de Mio Cid será la primera muestra de poema épico en castellano, y Don Juan Manuel será el mejor exponente de nuestra recién inaugurada prosa.

  • Adolescencia. (siglo XV) Con el devenir del tiempo, aumenta la confianza, se consolida su uso, y se inicia la arrogancia y el deseo de dominio; se aunará la fascinación por las lenguas clásicas y los usos italianizantes – juventud influenciable – y la ligazón al destino del Reino, irrefrenable en sus ambiciones políticas.

  • Madurez y Brillo. Lengua plenamente consolidada, su momento de mayor prestigio quizá coincide con la hegemonía política (siglo XVI) y el salto a las colonias americanas. Sin embargo, la excelencia literaria, que la encumbrará entre las lenguas de cultura se producirá en medio de la hecatombe y decadencia política. De los siglos de Oro (sobre todo, XVII) pido que recordéis cinco nombres imprescindibles: los poetas Quevedo y Góngora, las novelas de Cervantes y los dramaturgas Lope y Calderón.

  • Oficialización. Con la creación de la Real Academia Española (siglo XVIII), iniciativa tomada por el primer monarca Borbón, Felipe V, a imitación de su tío, el rey de Francia, se oficializará la lengua, sancionando su correcto uso con la redacción de una gramática, una ortografía y la fijación de un Diccionario. Los cambios, atolondrados y vertiginosos al principio e inestables y frecuentes desde Alfonso X, se harían con la RAE mucho más pausados y comedidos. Observaréis cuando leamos muestras del XVIII como podéis entenderlas casi a la perfección, no siendo esto cierto con un poema, por ejemplo, de Garcilaso.

Bien, ¿cómo podemos intentar apoyar semejante explicación con un libro de fantasía épica? La oportunidad me la brinda un viejo conocido, del que ya os he hablado antes: David Eddings, autor de una trilogía de la que ya os hablé, el Tamuli, y a la que hoy volveremos a referirnos. En un post anterior me refería a la habilidad con la que Eddings – y su traductor al español – había reflejado las distintas variedades sociales en el habla de sus personajes. Felizmente para mí, en esa misma trilogía encontramos ejemplos de una lengua cronológicamente muy anterior a la que utilizan los protagonistas: podemos pues, compararlas y apreciar los cambios que han sufrido, permitiéndonos además comprobar cómo las lenguas vivas siempre cambian con el devenir de los siglos.

En La ciudad oculta, último volumen de la trilogía, el caballero Sparhawk se dirige al enfrentamiento final contra sus enemigos en la ciudad sagrada del malévolo dios Cyrgon, oculta a todos los mortales desde hace siglos. En el transcurso de sus aventuras, ya en el segundo volumen de la trilogía, había vuelto en busca de la reliquia más poderosa del mundo, el Bhelliom; el Bhelliom estaba encerrado en una rosa de zafiro desde hacía eones y, por tanto, su lengua había permanecido inalterada durante todo este tiempo. Cuando es rescatada por Sparhawk y se dirige a él, apreciamos los arcaísmos y las diferencias entre su lengua y la del caballero pandion: ¿hablan la misma lengua?, sí; ¿comparten el cronolecto?, no. Veamos algunos ejemplos de una variedad “antigua” de la misma lengua extraídos del libro de Eddings:

Esas puertas nuevas son de madera, y la madera decae como la carne. —Levantó los ojos hacia las nubes de color gris sucio—. ¿Podéis vos facer alguna conjetura sobre la hora del día?

No faltan más de dos horas para que caiga la noche —replicó Adras.

Entonces, continuemos adelante. Nos es menester hallar otra puerta que permita huir a los que nos enfrentaremos esta noche.

¿Y si no la hay?

Entonces, los que quieran escapar habrán de buscar otros medios. Siento reticencias a dejar en libertad el pleno poder de la maldición de Edaemus. Mas, si la necesidad me obligara, no retrocedería ante tan severo deber. Si escaparan, bien. Si decidieran quedarse y luchar, faremos lo que debemos. Yo os aseguro, Adras, que cuando el sol salga mañana, no quedará entre las murallas de Norenja ninguna criatura viviente. (página 361)

¡Agora sois de verdad Anakha, fijo mío! —se regocijó Bhelliom—. La voluntad vuesa es agora la mi voluntad. Todas las cosas son agora posibles para vos. Fue la voluntad vuesa la que venció a Azash. Yo no fui sino el instrumento vueso. En esta ocasión, empero, vos seréis el mío. Forjad armas con la vuesa mente y enfrentaos a Cyrgon. Si el vuestro corazón es veraz, no podrá vencer contra vos. Agora, marchad. Cyrgon os aguarda. [...]

¡Venid, Anakha! —rugió—. ¡El nuestro enfrentamiento fue predicho antes del comienzo de los tiempos! ¡Éste es el destino vueso! ¡Se os honra por encima de los demás a caer por la mi mano!

(EDDINGS, David. La ciudad oculta. Grijalbo, 1994)

Como podéis ver, el traductor ha hecho un esfuerzo encomiable para volcar el que sin duda era inglés arcaico que empleó Eddings a un castellano arcaizado, que coincidiría en muchos aspectos – no en todos – con la lengua que se empleaba en nuestros siglos medievales. Fijaos en los rasgos más significativos que nos muestra una obra profana como ésta: palabras arcaicas como “agora” (y no “ahora”), “menester” (en vez de “necesidad”), “vuesa” (y no “vuestra”), etc. Además, se emplea el voseo, se unen dos determinantes (“la mi mano”, y no “la mano mía” o simplemente “mi mano”), se conserva en una ocasión la [f] inicial (faremos, en vez de “haremos”).

Os animo a que lo intentéis vosotros mismos. Leed este extracto del capítulo 33 y actualizadlo al castellano actual, señalando los arcaísmos que denotan su antigüedad:

Observad, entonces, fijo mío, y aprended. —Se produjo una larga pausa—. No es la intención mía ofenderos pero ¿por qué me habéis presentado aqueste asunto?

Yo di la mi palabra de que sellaría el valle, padre.

Entonces, selladlo.

No estaba seguro de poder fablar todavía con vos para solicitar el vueso auxilio.

Vos no habéis menester del auxilio mío, Anakha..., ni del mío ni del de ningún otro. ¿No os ha convencido el encuentro con Cyrgon de que todas las cosas son posibles para vos? Vos sois Anakha y el fijo mío, y no hay otro como vos en todo el estrellado universo. Fue menester faceros desta guisa para que el mi designio pudiera alcanzarse. Cualquiera cosa que ficisteis a través de mí, podríais haberla logrado fácilmente con la vuesa mano. —La voz hizo una pausa—. Estoy, no obstante, algo complacido de que no conocierais las vuesas capacidades, pues me ha dado alguna oportunidad de llegar a conoceros. Pensaré a menudo en vos durante el mi interminable viaje. Continuemos pues hacia Delfaeus, donde el vueso camarada Vanion y la nuestra muy querida Sefrenia serán unidos, y donde vos presenciaréis una maravilla.

¿Qué maravilla en particular será aquesta, Rosa Azul?

Difícil es que fuera una maravilla para vos, si la conocierais con antelación, fijo mío.

(EDDINGS, David. La ciudad oculta. Grijalbo, 1994)

Un post largo y exigente. Si realmente has llegado hasta aquí, no puedo más que agradecértelo y a hacerme pesado con las dos cosas que me gustaría que te hubieran quedado claras: la primera, que siendo pesada, que lo es, no debemos renunciar a entender y apreciar la Historia de la lengua; la segunda, que la trilogía de Eddings es muy recomendable si quieres saber sobre un fascinante y bien trabado mundo de fantasía. Salud, y gracias.

domingo, 13 de junio de 2010

La Adecuación: el competente ladrón Caalador

En 4º de E.S.O. hablamos sobre las necesidades de adecuar la lengua que usamos, o, mejor dicho, la variedad específica por la que optamos, dependiendo de las necesidades comunicativas de cada instante. Ya dijimos que la lengua es, a semejanza de un ser vivo, pues viva está, muy cambiante y heterogénea, y fácilmente adaptable para adecuarse a los distintos momentos en que la empleamos.

Recordad que, cuando la lengua cambia en función de la procedencia geográfica del hablante, hablamos de dialectos; cuando los cambios se producen por el momento histórico, el tiempo en el que vivieron los hablantes o las distintas generaciones a las que pertenecen por edad, se llaman cronolectos; cuando los cambios que afecten a la lengua sean de índole social, se llamarán sociolectos. Hoy, sin embargo, hablaremos de los registros: son las modificaciones que el hablante introduce en la lengua para adecuarla a un determinado contexto.

Los registros obedecen a diferentes factores: por ejemplo, el canal por el que se establezca la comunicación. Siempre será más cuidado el lenguaje escrito que el más espontáneo lenguaje oral. Además, los registros se forman con más condicionantes, como la propia idiosincrasia de la sociedad donde se desarrolle la comunicación – la gestión del volumen y del silencio es totalmente diferente entre, por ejemplo, hablantes españoles y japoneses –, pero quiero centrarme en los factores que hemos estudiado con más atención durante 4º de E.S.O.: el grado de formalidad o la situacionalidad.

A grandes rasgos, ya vimos que el hablante competente tendrá capacidad para adecuar su lengua – es decir, empleará un registro adecuado para cada contexto – dependiendo de la situación comunicativa a la que se enfrente. Un hablante “incompetente” lingüísticamente siempre hablará igual, con su familia o amigos, en el trabajo, ante un juez, viendo una película, con sus hijos o comentando una jugada del último partido con los amigos. El hablante “competente” lingüísticamente podrá ADECUAR su lengua, acercando su registro a las necesidades de cada contexto. No debemos confundir el concepto “adecuado” con la noción de “bien” o “mal”: imaginemos a un hablante que hablara con la misma solemnidad en un discurso académico ante profesores y alumnos universitarios – un registro culto y especializado – que cuando hablara con sus padres. Puede que la lengua que emplee sea la más “correcta”, léxica y gramaticalmente, pero en el plano que estamos estudiando, estará utilizando un registro totalmente inadecuado en el segundo caso.

Durante el curso distinguimos tres niveles básicos de formalidad:

  • Registro CULTO o FORMAL. De gran formalidad, la espontaneidad intenta reducirse al mínimo, el hablante intentará seleccionar el léxico más adecuado, utilizar las estructuras gramaticales correctas, completar siempre las frases e, incluso, trazar un estilo propio. Es propio de contextos profesionales, académicos o, en resumen, situaciones donde no prima la confianza ni la cercanía entre emisor y receptor.

  • Registro ESTÁNDAR. Caracterizado por la corrección de la lengua, un nivel “neutro”, sin llegar a la rigidez y planificación de la formalidad pero sin caer tampoco en la llana espontaneidad de la coloquialidad. Es la más empleada por su enorme versatilidad y por los múltiples contextos cotidianos donde resulta adecuada.

  • Registro COLOQUIAL. Sin planificación, en confianza, propio de la comunicación con familiares, amigos, en contextos donde la velocidad comunicativa y la eficacia expresiva afecta habitualmente a una mayor simplicidad del léxico, estructuras inacabadas y, en general, una mayor interacción entre los hablantes.

Esos son los registros básicos. Dentro de cada uno podríamos ver nuevas subdivisiones, más específicas para situaciones concretas (como el registro solemne en los formales, o el vulgar dentro del coloquial – que implica emplear mal la lengua, con incorrecciones gramaticales o léxicas.), pero me conformo con que os queden claros esos tres registros básicos: culto, estándar y coloquial.

No es habitual una diferenciación clara entre los registros de los personajes que pueblan los libros de los que suelo hablaros, al menos, entre la gran mayoría de los que recuerdo haber leído. Nunca creí – ni pretenderé que creáis – que la diferenciación entre las distintas formas de hablar de los personajes fuera una preocupación para los autores de fantasía épica; además, en su mayoría los libros de los que hablo son de autores anglosajones, por lo que deberíamos leerlos en su inglés original para saber si realmente se aprecian cambios significativos en la forma de hablar de un personaje dependiendo de la situación en la que se encuentre.

Con todo, os decía, aún siendo inusuales, pude recordar un caso muy claro con el que pretendo ilustrar el concepto de los registros que hemos estado repasando en este post. El ejemplo del que os hablo es el curioso y excéntrico personaje de Caalador.

Caalador es un personaje creado por David Eddings, autor del que ya os hablé comentando sus Crónicas de Belgarath. En esta ocasión, pero, se trata del personaje de otra trilogía, quizá no tan interesante como Belgarath a mi juicio, pero suficientemente interesante como para recomendar su lectura a quién le gustara aquella o, simplemente, a quien apreciara el estilo de Eddings y su singular cosmovisión de la fantasía épica: la trilogía de El Tamuli.

El Tamuli es la continuación de una trilogía anterior, de la que ya os hablaré otro día, titulada Ellenium, donde se introducía al caballero pandion Sparhawk, el hombre sin destino. Los libros que comprenden esta segunda trilogía de El Tamuli se titulan Las cúpulas de fuego, Los seres fulgentes y La ciudad oculta, y fueron publicados en España por la editorial Grijalbo a partir de 1994, traducidos por Diana Falcón. En esta trilogía, el emperador de Tamuli, Sarabian I, pide el consejo del legendario caballero Sparhawk para enfrentarse a una serie de tumultos y sediciones que amenazan al Imperio. El viaje del caballero pandion, sus amigos y su esposa, la reina Ehlana de Elenia, estará lleno de peligros, aventuras y encuentros con criaturas de ultratumba, y se producirán encuentros con viejos conocidos que ya vimos en Ellenium.

Caalador, os decía, es un personaje que aparece en esta trilogía de Eddings. Es uno de los jefes de una de las mayores cofradías de ladrones y asesinos de toda Eosia, además de buen amigos de Stragen, uno de los camaradas de Sparhawk. Eddings ya demostró en Belgarath su predilección por personajes criminales o al margen de la ley, pero a los que – quizá con excesiva ingenuidad – concedía siempre una curiosa “moral” o buen fondo que les elevaba por encima de los auténticos bribones sin entrañas: son los casos de Stragen, Talen, Yarblek, Seda o nuestro Caalador. Ladrones, estafadores, adúlteros, asesinos – por motivaciones, normalmente, “justas” -, ninguno de ellos puede calificarse como “mala persona” pese a las múltiples fechorías que acumulan entre todos.

Bien, para no desviarme más del tema, nos fijaremos en el momento en que Caalador ADECUA su lengua a las necesidades comunicativas. Guasón y provocador, disfruta mucho intentando escandalizar a la aristocrática reina Ehlana, y se complace en hablar con un registro coloquial que en muchas ocasiones se sumerge en el vulgar en su presencia. Sin embargo, cuando ella requiere una aclaración, abandona la broma, y adecua su discurso a una variedad más estándar, planificada y casi culta. Caalador es, como veréis, competente lingüísticamente:


- ¿Dónde estaba? - preguntó Caalador –. Ah, sí, ahora m'arrecuerdo. Ese tipo, el Scarpa ese, cresió en una espesie'e taberna'e carretera d'Arjuna ajquerosa com'una chabola; hiso to'o tipo'e cosa' d'esa' que hasen lo' bastardo' en lo' año' de escuela en lo' lugare' en lo' que no lo' mete'n vere'a ninguna morá'.

- Por favor, Caalador – suspiró Stragen.

- ¿Qué quiere decir “ajquerosa com'una chabola”, Caalador? - lo interrumpió Ehlana.

- Pué, justo lo que 'ice, tu realesa. Una “chabola” e' una espesie casucha monta'a 'e cualquié' manera, con tabla' vieja' y porquería', y “ajquerosa” é má' o meno' eso. Cuando era un crío, conosí a un tipo que lo yamaban así. Vivía en el lugá' má' cochino'el mundo que yo haya visto, y tampoco ni se limpiaba él.

- Creo que podré sobrevivir durante varias horas sin más lenguaje masticado, maese Caalador – le aseguró con una sonrisa Ehlana –. Pero quiero agradecerte las molestias que te tomas.

- Siempre me alegra serte útil, Majestad – replicó él, con otra amplia sonrisa –. Scarpa creció en un ambiente que bordeaba más o menos los límites de la delincuencia. Era lo que podría llamarse un aficionado con talento. Nuna se dedicó a ningún oficio en particular. - Caalador hizo una mueca -. Aficionados.

(David Eddings, Los seres fulgentes (El Tamuli II). Grijalbo, 1994, páginas 264-265)


El dominio de los registros que demuestra Caalador hacen de él un personaje con gran competencia lingüística. En su profesión, tratando a rufianes, matones, asesinos y demás gentes de baja estofa y nula educación, una jerga marginal como la que exhibe es prácticamente obligada; con todo, cuando quiere puede variar su lengua para adecuarla a contextos tan diversos como departir con su viejo amigo Stragen – registro coloquial estándar – o conversar con la reina Ehlana, de forma estándar como en este caso, o con gran solemnidad cuando se dirige a ella en la corte, ante los principales aristócratas de Elenia. Caalador nos ha permitido ver lo importante de la adecuación para que nuestro discurso sea comunicativamente efectivo, y espero que os anime a visitar algún día esta interesante obra de David Eddings y que haya contribuido a repasar estos conceptos. Un saludo a todos.