
Hoy quería hablaros de un libro de fantasía magnífico, que conocí hace ya mucho tiempo: lo vi en la estantería hace poco y lo revisé, confirmando con un criterio actual bastante más exigente que sigue siendo un libro hermoso, bien escrito y muy recomendable. Se titula El ponche mágico, y lo escribió el escritor alemán Michael Ende en 1989. Husmeando con Google he visto que en algunas versiones se titula El ponche de los deseos; poco importa la traducción, que no le hace justicia al imponente título en alemán, nada menos que Der satanarchäolügenialkohöllische Wunschpunsch.
Michael Ende fue un escritor alemán especializado en literatura juvenil y fantástica, conocido especialmente por Momo o La historia interminable. El ponche mágico, que publicó SM en 1993, dentro de su colección El Barco de Vapor (aunque mi edición, de tapa dura, es de la colección El submarino naranja, de la misma editorial), fue traducido del alemán por J.Larriba y M.Terzi.
Su argumento gira en torno a las desventuras de dos malvados, malos con malicia, aunque con un punto entre risible – que provoca risa - y exagerado tan adecuado para la literatura juvenil o infantil. El primero se llama Belcebú Sarcasmo, y es un mago de laboratorio. La novela, de 172 páginas, transcurre durante un único día, un 31 de diciembre, que los alemanes llaman San Silvestre y nosotros reconocemos mejor como Nochevieja. Arranca la obra, os decía, a las cinco de la tarde de ese día, y cada capítulo se encabeza por un reloj que nos acerca inexorable a las campanadas de Año Nuevo, a las doce de la noche. Belcebú, os decía, es un mago solitario, abyecto, con grandes poderes maléficos que emplea siempre para causar daños al mundo: epidemias, incendios, contaminación, corrupción o extinción de animales. Sin embargo, Belcebú había firmado un contrato con sus superiores infernales comprometiéndose a realizar cada año un número mínimo de catástrofes y calamidades, y ese año no había cumplido con sus “deberes” a tiempo. La novela arranca cuando un funcionario infernal – llamado Maledictus Oruga – le visita para informarle de que será secuestrado y entregado a los peores castigos infernales si no cumple con sus obligaciones antes de la medianoche de ese mismo día de San Silvestre, momento en que expira el plazo de su contrato. Si quisiéramos extraer una moraleja de las desventuras del pobre Belcebú, ya intuís por donde iría: no dejéis vuestras obligaciones – sean infernales calamidades o deberes de Semana Santa – para el último momento...

Nuestro agobiadísmo mago recibe esa misma tarde la inesperada y muy inoportuna visita de la segunda protagonista, su tía Tirania Vampir, una regordeta y estridente bruja multiplicadineros. Resulta que ella se encuentra en la misma desesperada situación de incumplimiento contractual que su sobrino, y el implacable Oruga también le ha advertido de su inminente secuestro.
La única posibilidad que ven ambos, con apenas unas horas de tiempo, es unir sus esfuerzos para crear un terrible y poderosísimo brebaje: el legendario Ponche de los Deseos. Cada uno de ellos tiene una mitad de la receta, pero ninguno confía en el otro. Aun así, no les queda más remedio que aunar esfuerzos. Resulta gracioso ver como ambos se lanzarán a colaborar pensando siempre en traicionar al otro a la menor ocasión. El ponche que se disponen a crear responde al nombre de Ponche “genialcoholorosatanarquiarqueologicavernoso”, y, además de trabar la lengua de todos aquellos que intentemos pronunciarlo, cumple a la inversa todos los deseos que se formulen si se toma antes de las campanadas de San Silvestre. Si logran conseguirlo, provocarán todos los desastres naturales, enfermedades y guerras que necesitan para cumplir con sus obligaciones y librarse, por los pelos, del castigo eterno en el Infierno.

Los otros protagonistas de la novela de Ende son, obviamente, los “buenos”: nada menos que un gato panzudo y con delirios de grandeza (se cree poco menos que Pavarotti reencarnado) llamado Mauricio di Mauro y un cuervo agorero y pesimista que responde a Jacobo Osadías. Ambos son espías enviados por el Consejo de los Animales para vigilar a sus malévolos amos, y cuando descubran los terribles planes de estos, se esforzarán por impedir que el ponche mágico pueda ser concluido a tiempo, debido a todas las catástrofes que se desencadenarían entonces.
Os invito a leer esta novela, con la que espero disfrutéis como yo hice. Tiene momentos de humor realmente brillantes, narra con genio y enorme imaginación la elaboración del poderoso ponche y traza de forma enganchante el retrato de Belcebú y Tirania, dos personajes odiosos, que desconfían de todo y de todos y que se comportan con descarado egoísmo y maldad, estresados y desesperados por eludir la amenaza de sus benefactores Infernales.
Precisamente, refrescaremos un concepto muy simple, que vimos en tercero hace poco: entre los elementos de la narración, recordaréis que os expliqué la PROSOPOGRAFÍA; se trataba de la descripción de los rasgos físicos de un personaje. Otro día nos ocuparemos de las descripciones psicológicas, las etopeyas, pero hoy vamos a ver las prosopografías de los dos protagonistas de El ponche mágico de Michael Ende. Observad:
Su alta y esquelética figura se hallaba cubierta con una bata plisada de seda verde cardenillo (este era el color preferido del Consejero Secreto de Magia). Su cabeza, pequeña y calva, parecía apergaminada, como una manzana rugosa. Sobre su nariz aguileña se asentaban unas gafas enormes de armadura negra y con unos cristales, fulgurantes y gruesos como lupas, que agrandaban sus ojos de forma poco natural. Las orejas le colgaban de la cabeza como el asa del cubo. Tenía la boca tan estrecha como si se la hubieran abierto en la cara con una navaja de afeitar. En resumidas cuentas, no era precisamente un tipo en el que se puede confiar a primera vista.
(Michael ENDE, El ponche mágico. SM, 1993, página 6)
Como veis, el autor emplea comparaciones, se fija en sus rasgos más llamativos, nos pinta colores, impresiones, para que la imagen de este siniestro Belcebú Sarcasmo cobre vida en nuestras cabezas. Vamos ahora con la prosopografía de su “estimadísima” tía, la bruja Tirania Vampir:
Su vestuario consistía en un traje de noche amarillo azufre, con muchas rayas negras, de modo que parecía una enorme avispa. (De hecho, el amarillo azufre era su color preferido.)
Iba cubierta de joyas, en incluso sus dientes eran de oro macizo y estaban empastados con brillantes. Llevaba un anillo en cada uno de sus regordetes dedos y hasta las uñas estaban lacadas en oro. Se cubría la cabeza con un sombrero que era tan grande como una rueda de coche, y en cuya ala tintineaban centenares de monedas.
(Michael ENDE, El ponche mágico. SM, 1993, página 51)
Ya habéis visto que Ende describe a sus dos protagonistas con una considerable dosis de sentido del humor. Intentar imaginarte a estos dos y que no se te escape la risa es una tarea ardua. Las prosopografías pretenden ser fotografías para los lectores, por ello debemos incluir suficientes detalles: los ojos, la cabeza, nariz, manos y uñas, estatura, complexión, cabello o ausencia de él, vestuarios, gafas, dentaduras, etc. Todo ello no está reñido con emplear imágenes poéticas, recursos expresivos como metáforas, comparaciones o hipérboles – exageraciones – para hacer más atractiva nuestra prosopografía.
Si leéis El ponche mágico podéis encontrar más prosopografías de los distintos personajes que pueblan sus páginas, como Maurizio, Jacobo, los gnomos o el mismísimo San Silvestre; y si no os gustan las propuestas de Ende, siempre podéis imaginar una propia. Es la grandeza de la literatura: tu imaginación es libre, y aunque ello exija un esfuerzo mayor que el de mero consumidor – como cuando ves la imagen en una película o serie –, puedes imaginarte a los personajes como prefieras. Practicad este recurso de las descripciones físicas y que disfrutéis El ponche mágico. Ahora sí, buen final de vacaciones, y hasta la próxima. Salud.
El exilio (Libro II de El Elfo Oscuro) había acabado con uno de esos “momentazos” que se convierten en memorables para los amantes de la fantasía épica. Drizzt y sus amigos – la pantera Ghenwyvar, el enano svirfnebli Belwar Dissengulp y el pobre Clak – habían logrado sobrevivir a duras penas al último y demoníaco intento de la matrona Malicia Do'Urden – la madre de Drizzt – de exterminarlos a todos para congraciarse así con la diosa Lloth. En su último y desesperado intento, Malicia había levantado de entre los muertos al mismísimo padre de Drizzt, el antiguo maestro de armas Zaknafein, convirtiéndolo en un terrible espectro guerrero, un zin-carla, y lo había lanzado contra su propio hijo, al que Malicia odiaba más que a nada en el mundo. Sin embargo, tras las aventuras en la Infraoscuridad y la captura a manos de los odiosos ilícidos, Zaknafein había logrado resistir a la malvada voluntad de la matrona y... Por mucho que esto esté bajo la marca del spoiler, leedlo vosotros mismos en los magníficos capítulos 24 y 25 de El refugio. Vale la pena. En cualquier caso, Drizzt y sus amigos habían salvado la vida por los pelos y tras enormes peligros, y se había convencido finalmente que nunca estaría a salvo en la Infraoscuridad, pues el rencor de su familia no se extinguiría mientras quedara vivo uno solo de ellos; más aún, todos los drows de Menzoberranzan pretendían ahora la fama y gloria que supondría matar al renegado hijo de Malicia. Tras comprender esto, os decía, Drizzt decide al final de El exilio abandonar la Infraoscuridad para siempre y salir a la superficie, a los Reinos Olvidados. En El refugio R.A. Salvatore nos narra las primera peripecias de su célebre personaje en la superficie de Faërun.
La tierra a la que llegará se encuentra en el lejano Norte, aún no en el Valle del Viento Helado, pero sí más allá de Sundabar. Los problemas con los que se encuentra al principio del libro reflejan lo traumático de un cambio de vida radical, en todas sus facetas. Acostumbrado a la oscuridad perpetua de la vida bajo tierra, a Drizzt le llevan semanas soportar a duras penas la luz del Sol; todas sus prendas o armas se desvanecen al contacto con la luz del día. Todo cuanto le rodea es nuevo y desconocido para él: desde una montaña, las nubes, los animales salvajes, los árboles a las construcciones de los humanos y el ajetreo de un asentamiento “normal”. Él sólo había conocido fortificaciones en perpetuo estado de alerta ante las incursiones de los drows, y jamás había concebido una existencia plácida como la de un pastor, un comerciante o un artesano. Además, se encuentra muy solo, acompañado sólo por Ghenwyvar, como le ocurrió al iniciarse El exilio.
Sus primeros acercamientos a la gente de la superficie son catastróficos: aunque él sea, como ya sabemos, noble, justo y de buen corazón, su aspecto sigue siendo el de un Elfo Oscuro, un Drow: piel oscura, pelo blanco, estatura media y ligerísima complexión. Y en la superficie, los drows están entre las más temidas – y odiadas – criaturas de Faërun, por su interminable historial de sanguinaria y cruel violencia. Así que Drizzt sufre en sus carnes la incomprensión y el rechazo por cuestiones raciales, sin que nadie se atreva, al principio, a conocerle como individuo. Casi todos huyen gritando aterrorizados y otros, los menos, intentan matarlo en cuanto se pone a tiro de sus espadas, flechas o hechizos.
En este libro empezarán a desarrollarse rasgos que luego eclosionarán en uno de los mayores y más complejos héroes del imaginario de la saga de los Reinos Olvidados. Su recto sentido de la justicia, su estoicismo, su disposición a jugarse la vida por gente que le desprecia, sin esperar nada a cambio, una tendencia a la vida solitaria y el secreto anhelo de ser aceptado, de ser amado, que en suma mueve a todas las criaturas de este y otros tantos mundos fantásticos.
Muy pronto, los rumores sobre la aparición de un drow en la superficie llegarán a aventureros avezados, como el grupo de Paloma Garra de Halcón; pero también a un grupo de malvadas criaturas, encabezadas por un cachorro de barje – un diablo menor – y su gigante de la colina doméstico, que intentarán que las culpas de sus pillajes, robos y asesinatos caiga sobre la mala fama de Drizzt Do'Urden. El conflicto está servido. No está mal como bienvenida a su nuevo “hogar”.
Con todo, el personaje clave de El refugio se llama Montolio. Se trata de un antiguo y anciano vigilante, servidor de la diosa Mielikki, que se había retirado a una vida de ermitaño retirado. Será Montolio el que por primera vez vea las auténticas virtudes y valor de Drizzt, y paradójicamente, lo hará sin necesidad de ojos, pues se había quedado ciego mucho tiempo atrás. Gracias a él, Drizzt aprenderá a sobrevivir, los aspectos fundamentales de la vida en Faërun. Será, a un tiempo, mentor, maestro, amigo y padre.